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sábado, 1 de marzo de 2008

La alegre desesperanza

Hay una frase del libro "La felicidad, desesperadamente" de André Compte-Sponville que describe a la perfección una sensación interna que yo atribuía a esa especie de existencialismo que me invade de vez en cuando pero que disimulo bien con un carácter en apariencia alegre y que él denomina "la alegre desesperanza". Dice a ese respecto: "Quizá por la familia tan difícil en la que crecí, he sido siempre más sensible que otros a la fragilidad de la existencia. Pero en general vivo en lo que en términos filosóficos denomino “la alegre desesperanza”: una vez que hemos entendido que hay cosas que no podemos controlar y que sólo nos espera la muerte, nos damos cuenta de que lo mejor que podemos hacer es disfrutar al máximo de la vida que tenemos". "Para ser feliz es mejor desear únicamente lo que depende de nosotros mismos. Los estoicos distinguían entre lo que depende de nosotros y lo que no. Y es mejor desear aquello que depende de nosotros, porque en ese caso querer significa actuar, que desear aquello que no depende de nosotros, porque entonces hay que contentarse con esperar. Obviamente, uno encuentra más felicidad en la acción que en la esperanza, porque si deseas lo que no depende de ti, tendrás miedo de que no suceda. El camino hacia la felicidad es el camino de la acción, del amor".

Frente al peligro del fanatismo y el nihilismo: Espiritualidad laica

André Compte-Sponville es un filósofo francés que defiende la espiritualidad laica y la “alegre desesperanza” en un tiempo de muchas preguntas y pocas respuestas. Es capaz de llenar grandes auditorios hablando de filosofía y ha escrito libros con títulos tan expresivos como "Pequeño tratado de grandes virtudes", ¿Es moral el capitalismo? o "La felicidad, desesperadamente".
El filósofo cuenta que estamos amenazados por dos peligros simétricos: por un lado, el fanatismo, el integrismo y el oscurantismo, y por otro, el nihilismo. Y dice tener la impresión de que la civilización occidental no sabe muy bien qué hacer ante estos dos peligros.
"Nihilismo viene de nihil que en latín significa nada, así que los nihilistas son las personas que no creen en nada, que no respetan nada, que no tienen ni valores, ni principios, ni ideales. Hay un novelista, Michel Houellebecq que hace una descripción nihilista de una sociedad nihilista. En su última novela, el personaje principal dice: “A mí sólo me interesa mi polla, nada más”. Un nihilista es eso: alguien al que no le interesa nada más que su pequeña trivialidad, sea el sexo, el dinero, el lujo. Lo que nos tiene que dar más miedo es que no tengamos nada que poder oponer al fanatismo de unos y al nihilismo de los otros. Combatir a Bin Laden o al Opus Dei con las posiciones de una sociedad como la que describe Houellebecq nos lleva al desastre". El nihilismo renuncia a los valores, pero el fanatismo intenta apropiárselos. Frente a ambos, André defiende una espiritualidad laica: La defensa de los grandes principios que la historia ha seleccionado como valores de progreso, desde el “no matarás” del cristianismo hasta los valores de igualdad y libertad de la Ilustración.
"Yo cuando leo los evangelios, estoy de acuerdo en lo esencial con sus postulados morales, igual que cuando leo a Platón, Aristóteles, Epicuro o a los estoicos. Lo que sería una pena es que, por el hecho de no creer en Dios, como es mi caso, prescindamos de esa herencia, porque eso conduce al nihilismo y echa leña al fuego de los fanáticos, que dirán que la única manera de escapar del nihilismo es la religión. No es necesario creer en Dios para estar ligados a unos valores morales". "Soy materialista, y también racionalista y humanista. ¿Qué significa esto? Significa que pienso como Epicuro y como Marx también, que todo lo que existe es material, que no hay un Dios inmaterial ni un alma inmaterial, y que lo que piensa en mí es el cerebro. Pero también soy humanista, no un humanista especulativo que celebra la grandeza de la naturaleza humana, en la que no creo, sino un humanista convencido de que, dado que no existe un Dios, la humanidad es lo más preciado que tenemos y hay que preservarla a pesar de sus debilidades". Gracias por descubrirme este artículo, Raphael.

Sentimiento oceánico

La expresión “sentimiento oceánico” ya la utilizaba Freud, quien a su vez la tomó prestada de su amigo el escritor Romain Rolland, para describir experiencias místicas, esto es, lo que ahora los psicólogos definen como estados modificados de la conciencia. Este sentimiento oceánico se caracteriza por una sensación de misterio y de naturalidad indisociables, una sensación de plenitud, de unidad, de simplicidad, de eternidad, de serenidad. Pero esto no tiene lugar en el encuentro con un ente superior, no es sólo la trascendencia. Es lo que el filósofo André Compte-Sponville denomina “mística de la inmanencia”, la sensación de ser uno con la naturaleza, uno con el todo. Romain Rolland lo denominó sentimiento oceánico porque somos uno con todo, como la ola o la gota de agua son uno con el océano. El ser humano es tan sólo una parte de un todo... De grado o por fuerza, el individuo deja que su yo se desvanezca, terrorífica o felizmente arrastrado por la unanimidad de la muchedumbre innumerable. Es ésa una vivencia que, en sus instantes de mayor ardor y placer, se iguala a la embriaguez o al mareo o a la lasitud, una especie de desvanecimiento transitorio que descarga. El individuo ya no está propiamente en estado de vigilia, sino en un estado de ensoñación, de fantasía, en la que se esfuman los confines de la propia identidad. Uno sólo es uno más y nada más...