miércoles, 23 de abril de 2014

Yo también odio a este puto país






Cuando de pequeño escuchaba que “España era una unidad de destino en lo universal”, me preguntaba si se referían al éxito de Massiel en Eurovisión, cantando el “La, la, la”, pero después del triunfo de la Roja en la Eurocopa 2012 he comprendido que España aún sueña con fundar un Imperio Galáctico liderado por un risueño Darth Vader ataviado con una montera y un capote carmesí. No es una broma. Los que siguieron la batalla librada contra una Italia debilitada por el “bunga-bunga” del Lord Sith Berlusconi, pudieron comprobar que un torero animaba a la selección, recordando al mundo que España siempre será la patria del botijo, las tonadilleras, el tricornio y el garrote vil.





Odio a este puto país porque al cruzar los Pirineos la caspa deja de ser un problema de higiene y se convierte en un signo de identidad nacional. Odio a este puto país porque sus pueblos aún martirizan a los animales, alegando que taladrar la piel de un toro con un estoque o lanzar a una cabra desde un campanario es arte y no tortura. Odio a este puto país porque presume de unos huevos de oro, pese a su cobardía con las incontables víctimas de la rebelión de los generales en 1936. España es un gran cementerio bajo la luna, una gigantesca fosa clandestina donde aún se amontonan los restos de maestros, poetas, obreros, campesinos, socialistas, anarquistas y comunistas, asesinados por luchar contra terratenientes, señoritos, banqueros, curas y militares. Nada augura que esos restos hallarán una digna sepultura o que el espeluznante mausoleo de Cuelgamuros será dinamitado, corriendo la misma suerte que los edificios y monumentos de la Alemania nazi y la Italia fascista. Odio a este puto país porque es un Reino y no una República, con un idiota coronado que extermina elefantes, confraterniza con dictadores, colecciona Ferraris en mitad de una pavorosa crisis económica y rivaliza con su tatarabuela Isabel II en promiscuidad, molicie, avaricia, oportunismo, populismo, estulticia y arribismo.




Odio a este puto país porque ha convertido el traje de gitana en símbolo nacional, sin avergonzarse de haber maltratado y hostigado durante siglos al pueblo romaní, confinándole en lejanos basurales. Odio a este puto país porque su unidad se ha construido sobre invasiones, matanzas y expolios. Odio a este puto país porque se identifica con la bandera de los Borbones y no con la enseña tricolor de la Segunda República. El rojo y gualda es una herencia (otra más) del franquismo, una dictadura tan sangrienta como ridícula, donde un militar bajito y con voz de espantapájaros se hizo llamar Caudillo y Generalísimo, escribiendo algunas de las páginas más negras de la historia universal de la infamia.




He nacido en este puto país, pero preferiría ser un piel roja o un extraterrestre perdido en el espacio. He nacido en este puto país, pero preferiría que la selección española no hubiera ganado la Eurocopa, particularmente después de saber que sus jugadores tributan sus bonificaciones en el extranjero para eludir la presión fiscal.




He nacido en este puto país, pero no me emocionan las victorias de Fernando Alonso o Rafa Nadal, dos millonarios sin complejos que juegan con Hacienda al escondite inglés. Rafa Nadal es tan buen chico que recuerda a Doris Day: sonriente, educado, bobo, soso, lelo, acartonado, previsible. Si hubiera trabajado en el Hollywood de los años 40, habría sido un aburrido galán de serie B, incapaz de propinar un puñetazo creíble o de recitar su diálogo, sin transmitir la sensación de ser el protagonista de una función escolar, con el talento interpretativo de un chimpancé. Fernando Alonso no parece un buen chico. Fernando Alonso tiene aires de rufián acostumbrado a matar las horas con un palillo de dientes en la boca y una copa de anís en la mano. No hace falta mucha imaginación para asignarle el papel de villano en una película de cine mudo o de hampón en un entremés escenificado en una corrala atestada de busconas y galeotes. Si se dejara crecer el bigote y una coleta, sería un aceptable Fu Manchú, tejiendo planes maléficos para alimentar su megalomanía hiperbólica.




Odio a este puto país porque ha permitido que sus grandes cómicos murieran en un inmerecido olvido. Gracita Morales pasó los últimos años de su vida sin recibir ofertas de trabajo a la altura de su genio irrepetible. Condenada a interpretar papeles secundarios en las series televisivas, se hundió poco a poco en la depresión.




Odio a este puto país porque algunos de sus grandes escritores han muerto en el exilio, la cárcel o asesinados por españolistas furibundos. Las imágenes de un Antonio Machado enfermo y prematuramente envejecido agonizando en una modesta pensión de Colliure o de Miguel Hernández entregado a la Guardia Civil por la policía del infame Salazar siempre nos recordarán la esencia de un país que ha maltratado a sus poetas y nunca ha tolerado a sus disidentes. Ser heterodoxo en España significa vivir con un pie en la horca. El asesinato de García Lorca refleja ese odio atávico que siempre ha caracterizado a un país áspero y huraño.








La brutal paliza que tres falangistas le propinaron al cantante de copla Miguel de Molina por ser homosexual y republicano aún inspira a los matones que apalean a inmigrantes, “rojos y maricones”, abusando de sus músculos de gimnasio y del calor de la manada, que les garantiza un victoria fácil sobre un rival indefenso y con miedo a recurrir a una policía aficionada a los mamporros y a la presunción de veracidad, una pirueta jurídica que atribuye a los agentes una infalibilidad sobrenatural.






Odio a este puto país porque se emociona con sus éxitos en el pueril entretenimiento del balompié, sin reparar que los verdaderos héroes no son unos jugadores adictos a los paraísos fiscales, sino los bomberos que extinguen incendios o los mineros que se enfrentan con tirachinas a las bocachas de la Benemérita, permitiéndonos soñar con una marea roja que ahogue a los adoradores del Becerro de Oro. Odio a este puto país porque todos los años mueren decenas de mujeres, asesinadas por un machismo profundamente enraizado en una sociedad que presume de sus cojones, convirtiendo los genitales masculinos en la metáfora de su chulería colectiva. Odio a este puto país porque se ha resignado a que el 20% de los niños viva en la pobreza y a que las oligarquías financieras sigan acumulando privilegios. Odio a este puto país porque ha asimilado el dogma de la no violencia, olvidando que las grandes transformaciones sociales siempre se han producido con estallidos revolucionarios. Conviene recordar que la heroica defensa de Madrid durante 1936, la revolución de Asturias en 1934 o la Semana Trágica de Barcelona en 1909 no se hicieron con manifestaciones pacíficas, sino con dinamita, fusiles y cócteles Molotov. Odio a este puto país porque llama terroristas a los autores de los atentados contra Melitón Manzanas y Carrero Blanco. Melitón Manzanas era un brutal torturador que había perfeccionado sus técnicas de interrogatorio con la Gestapo durante la ocupación de Francia. Carrero Blanco era el gorila del régimen franquista, la quintaesencia de una dictadura responsable de un genocidio. Sólo en la postguerra se fusiló a 192.000 personas en los diferentes campos de concentración levantados para descabezar cualquier forma de resistencia u oposición.






Odio a este puto país porque ya no lee a sus clásicos. Luis Cernuda describió el alma española como “una meseta ardiente y andrajosa” que adquirió “una gloria monstruosa” sometiendo a otros pueblos con su “sinrazón congénita”. Valle-Inclán escribió que “en España el trabajo y la inteligencia siempre han sido menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”. Por eso, hay que eviscerar a los patronos y exhibir sus entrañas negras. “Todos los días una patrono muerto, a veces dos… –apunta Max Estrella en Luces de bohemia (1924)-. Eso consuela”. Y añade algo más adelante, comentando la infame ley de fugas aplicada a los anarquistas: “La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza”.






Yo sólo admiro a una Roja: Dolores Ibarruri, Pasionaria. Odiada por la derecha más intolerante, encarna el espíritu de resistencia de la clase trabajadora, que se arrojó a la calle para defender Madrid contra los militares golpistas. Pasionaria es la madre de todos los rebeldes, de todos los que no se rinden, de los que han perdido el miedo a las represalias y prefieren la muerte a las humillaciones. Pasionaria es la España antifascista, roja, libertaria, socialista, solidaria e igualitaria. Mi madre escuchó a la Pasionaria despidiendo a las Brigadas Internacionales y aún recuerda su voz, llena de emoción y dignidad. Los 9.000 voluntarios extranjeros que murieron en España combatiendo al fascismo son los verdaderos héroes y no los deportistas que sólo se preocupan de su peculio. Las protestas de los mineros podrían ser la primera piedra de un futuro diferente, sin Borbones, Guardia Civil, políticos venales, obispos homófobos, toreros sanguinarios, empresarios sin conciencia y banqueros corruptos.




Valle-Inclán soñó con una guillotina eléctrica en la Puerta del Sol. Su afilado cartabón sería la espada de Teseo decapitando a explotadores, represores, escritorzuelos y usureros. No puede existir misericordia para los que conspiran contra la sanidad, la escuela y el pan de las familias. Si ese sueño se realiza, si las calles se llenan de banderas rojas y tricolores y se hace justicia con los verdugos de la clase trabajadora, ser español ya no estará asociado a las procesiones de Semana Santa y a la cabra de la Legión, sino a una insurrección que hizo rodar cabezas, sin avergonzarse de imitar el color de la aurora, convirtiendo las calles en ríos de sangre y el hotel Ritz en el cuartel general de las milicias revolucionarias.




RAFAEL NARBONA


lunes, 29 de julio de 2013

Desprecio por los pobres

De las memorias de Jose Luis de Vilallonga:

 "Todavía recuerdo un día en el que, un poco antes de la guerra, mi abuela dijo de pronto: Siento un infinito desprecio hacia los pobres." Y como  todo el mundo se quedó con la boca abierta, explicó: "Sí, porque, ¿cuántos son ellos? Millones. Y los ricos ¿cuántos somos? Muy pocos. Pero aquí estamos desde hace siglos sin que a nadie se le ocurra hacernos nada".
 
 

lunes, 25 de marzo de 2013

El artículo que no quiso publicar EL PAIS

El artículo de Juan Torres censurado:

"Es muy significativo que habitualmente se hable de “castigo” para referirse a las medidas que Merkel y sus ministros imponen a los países más afectados por la crisis.

Dicen a sus compatriotas que tienen que castigar nuestra irresponsabilidad para que nuestro despilfarro y nuestras deudas no los paguen ahora los alemanes. Pero el razonamiento es falso pues los irresponsables no han sido los pueblos a los que Merkel se empeña en castigar sino los bancos alemanes a quienes protege y los de otros países a los que prestaron, ellos sí con irresponsabilidad, para obtener ganancias multimillonarias.

Los grandes grupos económicos europeos consiguieron establecer un modelo de unión monetaria muy imperfecto y asimétrico que enseguida reprodujo y agrandó las desigualdades originales entre las economías que la integraban. Además, gracias a su enorme capacidad inversora y al gran poder de sus gobiernos las grandes compañías del norte lograron quedarse con gran cantidad de empresas e incluso sectores enteros de los países de la periferia, como España. Eso provocó grandes déficit comerciales en éstos últimos y superávit sobre todo en Alemania y en menor medida en otros países.

Paralelamente, las políticas de los sucesivos gobiernos alemanes concentraron aún más la renta en la cima de la pirámide social, lo que aumentó su ya alto nivel de ahorro. De 1998 a 2008 la riqueza del 10% más rico de Alemania pasó del 45% al 53% del total, la del 40% siguiente del 46% al 40% y la del 50% más pobre del 4% al 1%.

Esas circunstancias pusieron a disposición de los bancos alemanes ingentes cantidades de dinero. Pero en lugar de dedicarlo a mejorar el mercado interno alemán y la situación de los niveles de renta más bajos, lo usaron (unos 704.000 millones de euros hasta 2009, según el Banco Internacional de Pagos) para financiar la deuda de los bancos irlandeses, la burbuja inmobiliaria española, el endeudamiento de las empresas griegas o para especular, lo que hizo que la deuda privada en la periferia europea se disparase y que los bancos alemanes se cargaran de activos tóxicos (900.000 millones de euros en 2009).

Al estallar la crisis se resintieron gravemente pero consiguieron que su insolvencia, en lugar de manifestarse como el resultado de su gran imprudencia e irresponsabilidad (a la que nunca se refiere Merkel), se presentara como el resultado del despilfarro y de la deuda pública de los países donde estaban los bancos a quienes habían prestado. Los alemanes retiraron rápidamente su dinero de estos países, pero la deuda quedaba en los balances de los bancos deudores. Merkel se erigió en la defensora de los banqueros alemanes y para ayudarles puso en marcha dos estrategias. Una, los rescates, que vendieron como si estuvieran dirigidos a salvar a los países, pero que en realidad consisten en darle a los gobiernos dinero en préstamos que pagan los pueblos para traspasarlo a los bancos nacionales para que éstos se recuperen cuanto antes y paguen enseguida a los alemanes. Otra, impedir que el BCE cortase de raíz los ataques especulativos contra la deuda de la periferia para que al subir las primas de riesgo de los demás bajara el coste con que se financia Alemania.

Merkel, como Hitler, ha declarado la guerra al resto de Europa, ahora para garantizarse su espacio vital económico. Nos castiga para proteger a sus grandes empresas y bancos y también para ocultar ante su electorado la vergüenza de un modelo que ha hecho que el nivel de pobreza en su país sea el más alto de los últimos 20 años, que el 25% de sus empleados gane menos de 9,15 euros/hora, o que a la mitad de su población le corresponda, como he dicho, un miserable 1% de toda la riqueza nacional.

La tragedia es la enorme connivencia entre los intereses financieros paneuropeos que dominan a nuestros gobiernos, y que estos, en lugar de defendernos con patriotismo y dignidad, nos traicionen para actuar como meras comparsas de Merkel."

 

martes, 27 de noviembre de 2012

El club de la lucha

"La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos.
No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida.
Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco nos hemos dado cuenta y estamos, muy, muy cabreados.
No eres un bonito y único copo de nieve, eres la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás, todos somos parte del mismo montón de estiercol".

lunes, 24 de septiembre de 2012

Sometimes there's so much beauty in the world...

It was one of those days when it's a minute away from snowing and there's this electricity in the air, you can almost hear it. Right?
And this bag was just dancing with me.
Like a little kid begging me to play with it. For fifteen minutes.
That's the day I realized that there was this entire life behind things, and this incredibly benevolent force that wanted me to know there was no reason to be afraid, ever.
Video's a poor excuse, I know. But it helps me remember...
I need to remember...
Sometimes there's so much beauty in the world,
I feel like I can't take it, and my heart is just going to cave in.


sábado, 14 de julio de 2012

miércoles, 11 de julio de 2012

lunes, 2 de julio de 2012

Yo soy epañó, epañó, epañó... (o de cómo me importa una M la victoria de España en la Eurocopa)

Por Samuel García Arencibia

Hace cuatro años, cuando una selección de jugadores de nacionalidad española ganó un torneo de fútbol, yo venía de un paseo nocturno. Al escuchar el bullicio festivo en la plaza al lado de mi casa, al acercarme, pensé ilusamente que se había proclamado la Tercera República. Sin embargo, cuando estaba más próximo vi las banderas monárquicas y constaté con cierta decepción mi error.
 
A la hora del partido de hoy, salía a correr. En la plaza donde años atrás se celebró la victoria había una concentración de cientos de personas, frente a una enorme pantalla de televisión, donde muchos ojos seguían hipnotizados la trayectoria del balón. Hubiese pasado de largo si no fuese porque en más de una ocasión he participado en concentraciones y manifestaciones, con o sin comunicación a la Delegación del Gobierno en Canarias. No había despliegue policial como ocurre en las manifestaciones a las que acostumbro asistir.
 
Me pregunté si aquella manifestación tendría comunicación a la Subdelegación de Gobierno. Si no la tenía, me preguntaría si algún agente de los Cuerpos de Seguridad se acercaría a los concentrados para preguntarle quién promovía aquella concentración, para sancionarlo por no haber comunicado. Me pregunté además por qué no había furgones-lecheras de la Policía Nacional alrededor para proteger a los concentrados de contramanifestantes o para intimidar los concentrados para que no protestaran fuera de unos límites fijados a veces muy limitativos.
 
Detrás de estas preguntas concretas hay una reflexión abstracta. El sistema social fomenta la idiotización. Que me perdonen las personas que participen en estas concentraciones. Sé que no es muy amable por mi parte decir que están idiotizados. Sepan que uso el significado etimológico de la palabra, pues “idiota” viene del latino idiōta y del griego διώτης, con connotaciones de persona desentendida de lo público.
 
Me explico. Vivimos en una humanidad con graves problemas: personas que mueren de sed o de hambre, que mueren por las guerras promocionadas por grupos sociales que no sufren sus consecuencias por lo menos con la misma intensidad, que verán como un contradictorio sistema social del bienestar decaerá, que comprobarán que las generaciones anteriores consumieron lo que no les correspondía, dejándole sólo los escombros, … Deberíamos identificar como grandes éxitos sociales la eliminación de esos graves problemas. Sin embargo, los pasamos por alto, nos desimplicamos con ellos.
 
En cambio, la sociedad se empeña en identificar unas victorias colectivas de dudoso merecimiento, pero de simpleza emocionante. Somos incapaces de avanzar en la erradicación mundial de la pobreza o del cambio climático. Sin embargo, nos arrimamos a una celebración porque un grupo de señores en pantalón corto (con los que nos identificamos) son capaces de darle patadas a un trozo de cuero inflable con mayor habilidad que otros señores con los que no tenemos esa simpatía (nacional). Se trata de señores con sueldos millonarios en general (cobran en general veinte veces más que los estigmatizados controladores aéreos por desempeñar una función realmente menos importante). Se trata de señores que participan en el esfuerzo de convencerle de que usted necesita un coche y el mejor de todos es el de la empresa que a él le ha pagado para que se lo diga en un anuncio publicitario en el que le habla con tono de confianza. Se trata de señores que hace dos años se rebelaron contra la petición popular para que renunciaran la prima por ganar un torneo mundial de fútbol, teniendo en cuenta las dificultades económicas que atraviesa el país. Se trata de señores que pertenecen al club social de las personas que tienen asesores para pagar menos impuestos: son muy españoles para obtener su aplauso pero son poco españoles para pagar (porque pueden) una mejora en la sanidad.
 
En general el sistema hace esfuerzos para que el entusiasmo nacional se eleve. Los medios le hablan de lo que le ocurre a este grupo de gladiadores como si fuera algo importante para usted, mientras le callan que un chaval de 23 años no sabe como continuar sus estudios de Medicina el año que viene con la elevación de tasas y la disminución de las becas; un chaval que podría ser el investigador que descubriese el remedio contra la enfermedad que mató al vecino que usted tanto quería. Las grandes empresas se empujan por ser la patrocinadora principal del equipo de fútbol, aunque tengan que pagar un dinero para pagar los salarios de los jugadores y los organizadores de la federación, las primas de los jugadores, los hoteles, … pues la publicidad les ayuda a vender. Los políticos también se dan codazos por salir en una foto con los triunfadores, pues saben que donde aplauden a los deportistas gloriosos tienen su oportunidad de sonreir sin reproches. Las instituciones le ponen pantallas gigantes en las plazas y le permiten que haga ruido tras el éxito.
 
Sin embargo, el sistema que apoya tanto esta idiotización, castiga la protesta. A las diecinueve personas que protestamos el día del anuncio del “rescate” porque se recortan los derechos a la sanidad y a la educación, mientras se inyectan millones que tendremos que pagar nosotros para salvar unos bancos, sin pedir responsabilidades a los gestores de esos bancos, las instituciones nos mandaron a la policía para preguntar porqué gritábamos en la calle. En febrero de 2012 en Valencia o en agosto de 2011 en Madrid se le dio rienda suelta a la policía para que impunemente y sin identificación agredieran y detuvieran un par de horas a personas que protestaban porque se practicaban recortes en educación o por una visita papal con toda la boa impropia de la austeridad (falsa) con la se que llenan la boca. Se detuvo y puso en prisión preventiva a una madre de familia por quemar simbólicamente dinero en lugar público, mientras que a Jaume Matas con condena se le suspende la entrada en la cárcel. No sigo con los ejemplos.
 
Pero en realidad, esta forma de obstaculizar la protesta contra el proyecto de capitalismo más desigualitario o la propuesta de una sociedad más solidaria es todavía bastante leve. Después de desactivar los movimientos de propuesta y protesta durante los setenta-ochenta-noventa-dosmil, la mínima resistencia social es erosionada pero sólo levemente reprimida, pues legitima en un sociedad de dominación por medios de generalización del pensamiento único. En el momento en el que los que obtienen ganancia con la dominación sintieran riesgo para su privilegio, la protesta sería perseguida con mayor crudeza, hasta el momento en el que la protesta obtuviese los apoyos para cambiar el rumbo.
 
Una sociedad desentendida de los graves problemas, distraída por las estrategias del sistema, que no protesta ni exige, que no escapa a las dinámicas de idiotización, que permite que el sistema use la violencia institucional contra las personas que protestan, … es una sociedad a la deriva, una sociedad zombi dominada por los directores del sistema.
 

jueves, 28 de junio de 2012

miércoles, 13 de junio de 2012

Para los que se les llena la boca hablando de España

Se abre el telón y aparecen, en un mismo escenario: el ex presidente de Bankia firmando su propia indemnización; dirigentes de la Caja Castilla La Mancha, de la CAM y de Banco de Valencia revisando extractos bancarios para comprobar si han cobrado sus respectivos finiquitos; consejeros de ex Cajas de Ahorro hoy convertidas en banco añadiendo ceros a la derecha de diversas cantidades; concejales de urbanismo estrechando manos de promotores mientras con la otra mano se guardan un abultado sobre en el bolsillo; los mismos concejales y otros cuantos más aprobando en plenos municipales nuevos barrios para duplicar o triplicar la población local, urbanizaciones sobre la arena de las playas, campos de golf en zonas resecas, palacios de congresos, auditorios y puentes colgantes de renombrados arquitectos; concejales tránsfugas cambiando de sillón y de voto; presidentes de Diputación inaugurando aeropuertos sin aviones, autovías sin tráfico y museos sin contenido; presidentes y consejeros autonómicos firmando falsos ERE, fraccionando contratos para no sacarlos a concurso, entregando hospitales públicos a empresas constructoras, haciéndose trajes a medida, hablando por teléfono con amiguitos del alma, poniendo primeras piedras de parques temáticos, velódromos, ciudades de las artes, ciudades de la justicia, ciudades de la luz, ciudades de la ciencia, ciudades de la hostia; dirigentes tan defensores de la familia que contratan a la propia hasta varios grados de consanguinidad; directores generales cargando copas, putas y coca al presupuesto; consejos de ministros firmando indultos a banqueros y aprobando amnistías fiscales; bancos perdonando deudas a partidos; gobernantes incrementando su patrimonio a ritmo exponencial; tesoreros firmando contratos fantasma para financiar el partido; empresarios ofreciendo sobornos para conseguir contratos públicos; concejales exigiendo sobornos a empresarios para otorgarles contratos públicos; diputados votando en bloque para impedir comisiones de investigación y comparecencias; empresas privatizadas y entregadas a compañeros de pupitre; palcos futbolísticos donde se cierran negocios; un presidente de la patronal quebrando empresas, dejando agujeros millonarios y a cientos de trabajadores en la calle; grandes fortunas haciendo la declaración de la renta y saliéndole a devolver; aviones con destino a paraísos fiscales que despegan con dificultad por lo cargadas que llevan las bodegas; noventa y nueve mariachis cantando corridos en la junta general de una Sicav; obispos marcando la X en la casilla de la declaración de la renta; obispos disfrutando vacaciones eternas en el paraíso fiscal español; un presidente del Tribunal Supremo cenando de lujo con su amigo en Marbella; el yerno del rey, la hija del rey, el rey; Don Vito saliendo de la cárcel; Jaume Matas usando la escobilla…
¿Cómo se llama la película?
¿Crisis? Frío, frío. ¿Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades? Frío, mucho frío, helado. ¿Burbuja? Frío, frío, seguimos lejos. ¿Estafa? Templado, templado. ¿Robo? Calentito, calentito. ¿Corrupción? Caliente, muy caliente. ¿Corrupción masiva? Cada vez más caliente, a punto de quemarte. ¿Corrupción sistémica? Cuidado, cuidado, que te quemas…
Se cierra el telón. Aplausos y risas.
(Se ruega no traduzcan este chiste al alemán, no sea que lo lean en Berlín y acaben mandándonos a tomar por…)

Isaac Rosa