sábado, 4 de diciembre de 2021

El ansiado estallido social



Lo habrá, tarde o temprano lo habrá. Habrá un estallido social. El mundo que prometía un bienestar sostenido está roto. Los políticos no lo ven, o no lo saben o quizá sea que han llegado a ese estado de ceguera, necedad y estupidez que les impide salir de su discurso hueco, repetido y refractario. Es el bloqueo del poder partitocrático tal como lo conocemos. E intuyo que lo que se prepara es el control del estallido.

Como ciudadano pensante podría hacer un análisis negativo, incluso muy negativo, y no dejaría de ser realista. Pero se impone partir de una esperanza: la sociedad europea, sobre todo la del sur o medio-sur, sigue viva, avanza, crece, palpita, mira hacia el horizonte y no se resiste. Lucha. Esto también es real.

Ahora lo que recorre Europa es una luz. No una de esas luces de final del túnel, sino una luz pequeña, una ligera claridad, una luz de linterna que alumbra, por fin, el interior de lo que pasa. Lo primero que ilumina esa luz es que Europa tiene un problema político que no ha sabido resolver todavía. Y a esto se añade otro aspecto, trágico: los serios problemas de ciertos estratos de su población, tales como los mayores, los jóvenes, los inmigrantes, los parados, etcétera, pendientes cada uno de su inhóspito y tambaleante futuro. Y esto conduce a nuestro mayor problema: somos más viejos, somos más pobres, pero los ricos son más ricos. Hay, pues, un brote agresivo de injusticia y desigualdad.

Aunque surgen recelos por todas partes, y más con el maquillaje del Premio Nobel de la Paz a la UE (seguro que en Bosnia aún se ríen de esta broma de mal gusto), hay que reconocer que existe un camino que la sociedad europea en su conjunto ha recorrido modélicamente, un camino común hacia una identidad común, un bienestar común y una cultura diversificadamente común; un camino que no han recorrido por igual los políticos. Porque ahora hay un abismo entre la sociedad europea y sus políticos.

La clase política es el gran problema que impide modificar la realidad en Europa

Es más, asumamos de una vez, con decisión, que la clase política es el gran problema que impide modificar la realidad en Europa. ¿Por qué? Porque los políticos no han contribuido a eliminar los prejuicios de unos sobre otros, sino que los han aumentado; y tampoco han articulado los mecanismos reales contra la injusticia, para lo cual, básicamente, estaban elegidos. Han entregado a los ciudadanos a los bancos, a las instituciones financieras, a los principios inmorales de un capitalismo sin control. Y esto todos: los políticos de derecha y los políticos de izquierda. Porque, en este sentido, en la Europa en crisis, derecha e izquierda han terminado por ser parodias recíprocas. O, lo que es peor, cómplices de una vieja dramaturgia, la de su propia supervivencia.

Y al no haber una política económica verdaderamente común (salvo la malhadada monetaria), se han evidenciado, en cada país, las miserias de esos mismos políticos: la corrupción, la ineptitud, la mala gestión, la incapacidad práctica e intelectual y el error sistemático. Esto ha llevado a cuestionar, y más que nunca y con más razones que nunca, su papel delegado de representatividad.

¿Cuáles son los verdaderos males que aquejan a Europa? A mi modo de ver, son los siguientes: 

 

1. La fractura del equilibrio económico sostenible, que requiere actualmente redimensionarse. 

2. Las diferencias entre Estados, aumentadas por la quiebra entre el Norte y el Sur. 

3. La corrupción (tanto en el Norte como en el Sur) tan capilarmente extendida. 

4. La política estandarizada y necia. 

5. La codicia financiera, estimulada por una banca abusiva en extremo. 

6. La falta de futuro nítido. 

7. El vertiginoso incremento del paro y el desempleo, que ha de verse en términos no ya económicos sino de población. 

Y 8. El desvío o traspaso de responsabilidades y cargas a las capas más débiles o clases medias de la sociedad (ciudadanos, profesionales, trabajadores, parados) y no a la banca, ni a los grandes empresarios ni a la clase política, con el consiguiente aumento de la injusticia social generalizada.

Es decir, es imperativo asumir sin eufemismos si existe o no una respuesta a la cuestión capital de la redistribución de la riqueza y del sistema productivo y de consumo. Si la respuesta es inequitativa, toda revolución debería ser inminente. Si es equitativa, ha de formularse una eficaz respuesta política de carácter legislativo. Estamos lejos de esto. Porque esto lleva a pensar (y a propugnar) que es necesaria otra forma de vida, que partiría de esta sencilla pregunta que nadie se hace: ¿por qué las cosas valen lo que algunos dicen que valen y por qué no valen menos? Es decir, ¿por qué prima la ganancia y el beneficio por encima de la vida misma?

Se ve venir una crisis de la democracia, tal como la hemos concebido hasta ahora, y es una crisis sistémica. La representatividad y el modo de acceso a ella, sobre todo en algunos países, está cuestionada, y con razón. Es, por tanto, una crisis política. Una crisis en la que otra vez sobrevuela por Europa el fantasma de la intolerancia, del radicalismo nacionalista (de izquierda y de derecha), y otra vez se silencian las voces que, mayoritariamente, se declaran no sectarias, aplicándoles la categoría de “alternativas”, como estigma de lo que no es una opción viable. ¡Y ya lo creo que lo es!

Es urgente preguntarse si hay un futuro real para Europa. Y la respuesta siempre sería positiva, obviamente: hay, sin duda alguna, un futuro porque la gente existe, la gente vive. Sin embargo, no es tan fácil. Hay tres escenarios de futuro: uno deseable, otro indeseable y otro lamentable.

Se ve venir una crisis de la democracia, tal como la hemos concebido, y es una crisis sistémica

El futuro deseable pasa por una total unión política, la creación de unos Estados Unidos de Europa reales. Eso permitiría conseguir una globalidad y una corresponsabilidad económica y social, con la creación de un plan de crecimiento y racionalización de recursos, producción y consumo; y no una política de austeridad que suponga la exclusión y la tortura social. En este sentido, faltan nuevas ideas y nuevos nombres que las procuren.

El futuro indeseable es aquel que conlleve ruptura de tratados que garantizan grandes márgenes de libertad, el avance de posturas muy radicales (ya las hay en Grecia, Finlandia, Hungría, Holanda, Francia…), la negatividad de la multiculturalidad, es decir, su fracaso, y, sobre todo, la desvinculación de la sociedad de los millones de parados, jóvenes en especial, dando por sentada una sobrecogedora falta de solidaridad.

Pero hay un futuro lamentable que me temo más cercano; un futuro probable y resultadista. Será el de una Europa sin influencia estratégica mundial, con grandes carencias en las conquistas sociales, con un adelgazamiento brutal de la garantía igualitaria que ofrece “lo público”. Será una Europa en la que cualquier mejoría se anunciará para plazos cada vez más lejanos, bajo la amenaza de que “lo peor aún está por llegar”, causando desaliento. Será una Europa dividida en dos, la que funciona y la que no. Y habrá países de esa Europa fractal en los que invertir será un chollo: ya se podrá comprar a centavo el dólar, ya se podrá comprar un país (y lo que contiene) muy barato, aceptando gustosos una inversión en industrias que exigirán unas condiciones laborales muy desprotegidas, con sueldos muy bajos. Que la sociedad vuelva a escalar clases sociales, desde posiciones muy bajas también.

Nos están preparando para esto, para aceptar sin violencia estas duras condiciones, y para que nos parezcan una necesidad inevitable. No de otro modo se entiende la gran presión que sufren las clases medias, una auténtica incertidumbre social, y la brutal represión de todas las manifestaciones de protesta con el fin de atemorizar. Es decir, se está controlando el estallido, se está modulando su impacto y su alcance.

Ante todo esto, desolador sin duda, creo que la única esperanza, la única vía de salida, radica en ir en dirección contraria a la que vamos. Eso lo saben los políticos. Y si no lo saben, que dejen de ser políticos, porque solo serán imbéciles.

Adolfo García Ortega

viernes, 3 de diciembre de 2021

La gran desmemoria

Este puente, la Constitución cumple 43 años y huelga recordar ciertas cosas que muchos de los que presidirán sus actos de conmemoración oficiales han olvidado o no quieren que recordemos.
Para empezar, que el Rey fue la primera persona de este país que propuso pasarse por la trenca la Carta Magna. Sí, amigos. El Rey. Él fue el que pulsó el primer botón que pudo acabar en tragedia.

En "La gran desmemoria", una maravillosa obra de Pilar Urbano sobre los comienzos de la Transición, cuenta Manuel Prado y Colón de Carvajal, el mejor amigo del Rey, que meses antes del 23F asistió a una cena a solas con el Rey en el Palacio de la Zarzuela. En dicha velada, el Rey pulsó la opinión del aristócrata sobre un posible gobierno de concentración con un militar al mando (General Armada) para largar a Suárez, sin moción de censura mediante y pasándose por el Arco del Triunfo la recién aprobada Constitución. La cena entre los dos amigos acaba convirtiéndose en una encendida discusión en el que un aristócrata de derechas trata de hacer ver al Rey el drama que supone romper la Constitución, la autoridad del Parlamento y en suma,  la democracia, para echar a un presidente legítimo que pasó, en 18 meses, de amigo íntimo a innombrable en Zarzuela.
Pero no solo fue el Rey  saltarse la Constitución. También lo intentó González, que mandó a Múgica a reunirse con el General Armada, íntimo del Rey y posteriormente condenado por el 23F. Como resultado de esa reunión se generó el llamado Informe Múgica, que meses antes del juicio a Tejero desapareció misteriosamente de la sede del PSOE.
También Fraga desde Alianza Popular apoyó esa vía, con algunos matices.
Y Tarradellas y el PNV fueron convencidos sin problemas por Alfonso Guerra para apoyar ese gobierno de concentración.
La prensa, desde El País a El Alcazar, ayudó sustancialmente a crear un ruido de sables constante que generó en toda España la idea de que el golpe de Estado que tumbaría a Suárez era solo cuestión de meses o semanas. Luis Maria Ansón, presidente de la agencia EFE y amigo íntimo del General Armada, fue pieza clave en la creación de este ambiente irrespirable.
Madrid se convirtió en un gran centro de conspiración donde, desde militares de ultraderecha a comunistas y socialistas, proponían ideas para largar a un Suárez abandonado por su propia UCD que, por supuesto, también inventaba salidas ilegales de la mano del PSOE.
Los servicios secretos de la CIA, impulsados por Kissinger, apoyaron también el escenario de un golpe, también lo hizo la Iglesia y para terminar, la propia ETA solo se planteaba un escenario de negociación con un militar al mando del país.
A finales de 1980 solo tres políticos con poder se posicionaron en la defensa de la Constitución: Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. Curiosamente las tres únicas personas que se negaron a tirarse al suelo cuando Tejero entró al Parlamento pegando tiros a los techos del Hemiciclo.
El por aquel entonces ministro de Defensa y presidente de la UCD, Agustín Rodríguez Sahagún contaba en sus memorias que durante los primeros minutos del golpe puedo escuchar a Alfonso Guerra decir a Felipe González, en repetidas ocasiones, "Felipe, ¿qué hemos hecho?". Algo que perfectamente podían preguntarse casi todos  los diputados que asistían aquel 23F al Parlamento.
Los restantes 347 diputados aguantaron toda la fase inicial del asalto al Congreso escondidos bajo sus sillas. No me corresponde a mí juzgar la actitud de los diputados, porque probablemente yo habría hecho lo mismo, pero si se analiza el momento, Suárez era el motivo principal del golpe, el chivo expiatorio, Gutiérrez Mellado era, sin duda, el personaje más odiado en las filas del ejército y la Guardia Civil por su apoyo sin fisuras a las políticas aperturistas de Suárez, traidor máximo por haber ayudado a perpetrar la legalización del PCE y Carrillo era el máximo representante de la Otra España en esa primera legislatura de la democracia, el “asesino de Paracuellos”.
Los 3 hombres con más papeletas para ser asesinados, los únicos 3 hombres que no conspiraron o fomentaron el golpe de Estado, fueron los únicos que demostraron el sentido de Estado más valiente que se ha ejercido jamás en este país. Nunca simpaticé con Suárez, un arribista oportunista que se arrepintió, en la fase final de su carrera política, de todo aquello que le llevó al poder. Gutiérrez Mellado fue un golpista en el 39. Carrillo vendió el alma de la izquierda por 23 escaños. Tres hombres políticamente derrotados, representantes de las dos Españas, un exfalangista oportunista travestido a socialdemócrata, un militar casi jubilado que defendió el golpe de Estado del 39 matando republicanos con una metralleta y un eurocomunista desclasado y derrotado, haciendo frente a aquellos que querían volver a sumir a España en la oscuridad.
En una entrevista a la SER con motivo del aniversario del 23F, Anguita, que siempre fue muy crítico con la trayectoria política de Suárez, dijo que “tres personas acabadas políticamente, con un pasado de espanto y dolor, antagónicas, protagonizaron el único momento digno de toda la Transición mientras el resto del poder, escondido en los suelos de los escaños, en Zarzuela y en los despachos de las plantas de los periódicos. empezaban a darse cuenta que habían olvidado, demasiado rápido, 40 años de franquismo".
Suárez escribió en sus memorias con inusitada rabia que "el año previo al 23F, con la tinta aún de la Constitución sin secar, Madrid no era más que un nido de ratas conspiradoras".
El 23F acabó travistiéndose en un ejercicio mediático de salvación que elevó a su principal culpable, Juan Carlos, a los más vergonzosos altares, cuando voces autorizadas (Cercas, Urbano, Preston, Gibson), y amigos íntimos del Rey defienden que este fue pieza esencial en el golpe de Estado, cuando no motor impulsor.
Hace poco más de un año, se produjo una noticia vergonzosa que pasó completamente desapercibida. El Parlamento, con mayoría de "izquierdas" volvía a bloquear la reforma de una de las pocas leyes franquistas que aún siguen vigentes(sí, amigos, aún hay leyes franquistas vigentes) para desclasificar los documentos, ahora mismo secretos, que nos permitirían arrojar luz sobre el 23F.
Sumen uno más uno.
En 2008, Juan Carlos acudió a ofrecer el Toisón de Oro a la residencia de un Suárez aquejado ya de un Alzheimer avanzado. Pilar Urbano fue una de las pocas periodistas que asistió a un acto íntimo en casa de un hombre apagado y perdido, que intercalaba momentos de lucidez con una desorientación absoluta. Urbano pudo escuchar una conversación mientras los dos caminaban por el jardín:
-Ay Juan Carlos, en este país la gente olvida más rápido que yo, con esta puta enfermedad.
-Pero hombre, Adolfo, si estás estupendo...
-Hay cosas de las que me gustaría hablar, cosas que bueno...tu ya sabes. Hacer unas memorias en condiciones. Mi marcha...quiero explicar lo que pasó realmente, pero mi memoria...
-Esas cosas es mejor dejarlas donde están, Adolfo. Preocúpate de descansar y deja el pasado en paz.
Suárez calló y el Rey cambió rápidamente el tema de conversación hacia el fútbol. Ese fue el último acto oficial de Suárez. Meses después el Alzheimer se agravó y lo postró en casa hasta su muerte en 2014.

Dani Méndez